Esta obra no nació de una imagen, sino de un sentimiento y un nombre: el de mi hija. Para mí este lienzo es un espacio sagrado donde su identidad se transforma en movimiento. No quise escribir simplemente su nombre; quise que el espectador tuviera que "sentirlo" antes de leerlo.
Las líneas esconden letras, camufladas en una danza de gestos rápidos. Es mi forma de proteger ese nombre, de entrelazarlo con el aire y el color, convirtiendo cada grafía en un latido visual que solo quienes conocemos su historia podemos terminar de descifrar.
Para mí, este cuadro no está terminado hasta que alguien lo mira y, sin saberlo, empieza a recorrer con los ojos el nombre que le dio vida.
Cuando me enfrenté al lienzo blanco, busqué que la técnica reflejara la espontaneidad y la fuerza de la vida misma. Utilicé el gestualismo, dejando que el pincel (o el goteo directo) fluyera sin interrupciones, como si mi mano siguiera el ritmo de una respiración.
La sensación que busqué transmitir es de una libertad vibrante pero contenida. Hay una tensión entre el fondo, que es una atmósfera etérea y suave, y la firmeza de los trazos oscuros que cortan el espacio. Es esa dualidad que siento al pensar en ella: la ternura infinita de su presencia y la fuerza imparable de su futuro. Las gotas que descansan al final de cada trazo son como huella de un momento que no se puede repetir.
Elegí estos colores porque narran una historia de cercanía:
El fondo en tonos tierra y rosáceos: Representaban la piel, el refugio, esa calidez orgánica que nos conecta con nuestras raíces y con el inicio de la vida.
El negro y el blanco: Son pilares. El negro da la estructura, la firmeza de las letras; el blanco aporta los destellos de luz, la claridad y la pureza.
Los toques de verde y granate: Son pequeñas chispas de vitalidad. El verde evoca crecimiento y esperanza, mientras que el granate aporta una profundidad emocional, casi como la sangre que nos une.
Estas obras nacieron de una necesidad de supervivencia emocional durante un invierno profundo en Alemania. Si alguna vez has estado allí en enero, sabrás que el frío no solo te roza la piel, sino que te cala los huesos y detiene el tiempo.
Recuerdo mirar por la ventana y ver cómo la nieve lo borraba todo. El paisaje se volvía una página en blanco, una nada absoluta donde las formas de los árboles y las sombras de las casas eran lo único que rompía la monotonía. En ese aislamiento, el lienzo se convirtió en mi refugio. Quise atrapar esa sensación de frío cortante y la soledad que se siente cuando el mundo exterior es un desierto blanco e impenetrable.
Espero que, al mirarlos, puedas sentir un poco de ese aire gélido, pero también la calidez de haber creado algo en medio de la nada.
Para estas piezas, decidí alejarme de la pincelada tradicional y opté por el automatismo y el gesto puro.
El Trazo: Utilicé técnicas de vertido y manipulación directa de la pintura (espatulando y punción). Quería que las formas se sintieran orgánicas, casi como "fractales de hielo" o microorganismos que logran sobrevivir en condiciones extremas.
Textura y relieve: Si te fijas bien, hay una carga matérico importante. La pintura sobresale del lienzo, creando sombras propias que cambian según la luz del día. Es una representación táctil de la escarcha.
Sensaciones: Busqué un contraste entre la fragilidad de las líneas finas (como ramas rompiéndose por el peso de la nieve) y la fuerza de las manchas negras, que representan la vida o el pensamiento que resiste a ser sepultado por el invierno.
Blanco Titanio: No es un fondo, es el protagonista. Representa la nieve infinita, el vacío y el silencio ensordecedor del paisaje alemán.
Negro Humo/Negro Marfil: Es el contraste, la estructura, la sombra proyectada. Es el dibujo que hace el viento sobre el suelo congelado.
Grises Opticos: Al mezclarse las dos densidades directamente sobre el lienzo, surgen estos tonos intermedios que evocan el cielo plomizo y la falta de sol.